Nano Cuevas: Un bravo de la hermandad, ganador de dos versiones del GPH, y casi se quedo con la challenger, aquí su historia.

El automovilismo patagónico guarda historias imborrables de esfuerzo, talleres compartidos y pasión familiar. Una de las grandes leyendas de esta disciplina es Nano Cuevas, hijo del recordado piloto «Parrita» Cuevas, quien repasó  en “Dejaron Huellas” sus años dorados en la mítica competencia binacional que une Chile y Argentina: el Gran Premio de la Hermandad (GPH).

La historia de Nano con el GPH comenzó en 1984, cuando debutó como navegante de Pablo Capkovic a bordo de un Honda Quint. Dado que ambos eran menores de edad, debieron correr con la autorización de sus padres.

Sin una hoja de ruta profesional y con recursos limitados, la previa incluyó una ingeniosa solución en el campo de su abuela, el Rancho La Candelaria en Porvenir:

«Le pusimos un chapón de un tambor que cortamos para cuidar que no entrara barro al auto, pero con el barro acumulado ese auto pesaba como 5 mil kilos. Lo mejor de ser chicos y jóvenes fue haber terminado la etapa.»

Años más tarde, los caminos los reencontrarían en la gloria: en 1999, tanto Cuevas (en la bravísima categoría C) como Capkovic en la “A” se consagraron ganadores de la Hermandad en sus respectivas divisionales.

Su debut como piloto titular llegó en 1995 al volante de un Renault 12 en la categoría libre, donde obtuvo un meritorio segundo puesto detrás de Jackie Finocchio. Tras varios años participando junto a figuras como Fufi Mackay, consolidó su trayectoria al mando de vehículos Volkswagen principalmente modelos Gacel,Senda y Gol preparados meticulosamente por su padre en el taller familiar.

La gloria de 1999 y 2001: Tras ganar su primera Hermandad en 1999 con Rodolfo «Roli» Lloret como navegante, estuvo muy cerca de la hazaña consecutiva en el año 2000. Sin embargo, un contratiempo con el carburador tras alcanzar a Nolberto Pavlov lo dejó sin combustible cuando lideraba la prueba. La revancha llegó en 2001, imponiéndose en una edición sumamente veloz.

Tramos exigentes: Entre los sectores más disfrutados y temidos destacaban el tramo de Porvenir a Onaisin y el exigente paso por Cameron y los caminos argentinos de Flamenco, donde las vueltas de campana eran solucionadas rápidamente por «Parrita» los sábados para volver a acelerar los domingos.

El Legado Familiar

Más allá de los cronómetros, la victoria en el Gran Premio de la Hermandad significó la culminación de un sueño colectivo. Representó un homenaje en vida a su padre, un histórico referente del automovilismo fueguino que, pese a su vasta trayectoria, nunca pudo alzar el ansiado trofeo de la prueba madre.

«Normalmente, tres veces antes de la carrera el auto se desarmaba íntegro para repasarlo completo… Se extrañan esos momentos en el taller.»