Las rutas patagónicas guardan hazañas donde el talento al volante compite codo a codo con la pura supervivencia. Entre las páginas más recordadas del deporte motor regional y patagónico brilla la inolvidable participación de Jorge «Loco» Fuentes en los exigentes 1.000 km de la Vuelta a Santa Cruz en Argentina, una prueba de resistencia extrema que medía a máquinas y tripulaciones en un recorrido que unía Río Gallegos, El Calafate y los caminos de la vasta estepa.
Frente a una jauría de vehículos fuertemente preparados que incluía Fiat 125 y Peugeot 504 de época, la apuesta nacional no se quedó atrás. El «Loco» Fuentes largó al volante de una de las primeros Toyota Celica 2.000 que habían llegado a la zona de la mano de la agencia de la época Martinovic, aquellas mismas unidades que alguna vez protagonizaron espectaculares vuelcos en el autódromo. A su lado, en calidad de copiloto, iba Galván, sin imaginar el vía crucis que les esperaba.
La exigente ruta hacia El Calafate cobró factura con un tremendo susto al borde del vuelco. Tal fue la tensión vivida que, al llegar a la localidad argentina, el copiloto se bajó despavorido preguntando desesperado por una iglesia. Encontró refugio sagrado a un par de cuadras, donde se arrodilló a rogarle al cielo: «Por favor, déjeme llegar tranquilo, este desgraciado me va a matar, él no sabe que tengo hijos y mujer, porque a él no le importa nada».
La odisea de la llegada y el empuje criollo
Superada la plegaria y largada la penúltima etapa rumbo a Río Gallegos, el destino tenía preparado un nuevo capítulo de drama mecánico. Apenas a unos 1.500 o 2.000 metros de la bandera a cuadros, el motor de la Toyota dijo basta y fundió en plena ruta. Cerca de ahí circulaba también Sergio Violic a bordo de su Toyota Starlet equipada con un motor 1.300 de Corolla provisto de doble carburador con el que dominaría su categoría de capó cerrado, quien al percatarse de la panne del «Loco» avisó a su llegada al punto de control.
Fue entonces cuando la solidaridad y el ingenio tuerca sacaron la tarea adelante. Entre el gentío y los autos apostados en la zona, se gestó el rescate: Víctor Cuevas Becerra se enganchó la máquina al vehículo de asistencia y se estiró a todo lo que daba hasta dejarlo lanzado rumbo a la meta, logrando cruzar y abrochar un meritorio tercer o cuarto puesto en medio de la sorpresa general.
El reglamento exigía que los autos ingresaran andando a parque cerrado para la revisión técnica. Ni cortos ni perezosos, con el motor fundido y tras rellenar de aceite para paliar la fuga, aplicaron la receta clásica: un buen empujón a una cuadra de la revisión. El noble motorcito logró encender en tres cilindros y cumplió el trámite reglamentario.
Como corolario de aquella gesta, cuando la tripulación venía empujando los metros finales, emergió una bandera chilena flameando amarrada al capó, postal épica que recorrió la prensa de Río Gallegos. Personaje indiscutido, audaz y dueño de un manejo fuera de serie como aquella vez que ganó el Gran Premio el año 1980 de punta a punta con su Toyota Starlet llevándose un premio equivalente al valor de un cero kilómetro, el «Loco» Fuentes dejó una huella imborrable en la historia grande del automovilismo austral.
Por: Víctor Cuevas Becerra
Foto referencial de la época
