Desde los recuerdos de infancia en las pistas junto a su padre hasta los momentos más gloriosos sobre el barro y la escarcha de la Isla Grande de Tierra del Fuego, la vida de este reconocido piloto y preparador riograndense se ha construido a base de tuercas, pasión y camaradería.
Tras décadas de presencia ininterrumpida en las rutas patagónicas, el piloto repasa los hitos de una carrera nacida a mediados de los años sesenta, forjada en la mítica competencia transfronteriza y mantenida hasta el día de hoy desde el armado meticuloso de motores en su propio taller.
Un legado que nació en la infancia
Mauro destaca su vínculo con el rugir de los motores , el cual comenzó desde muy pequeño, siguiendo los pasos de su padre, quien fue copiloto del histórico José Muñiz en los años 60. Tras un paso por Río Gallegos, el retorno a Río Grande hizo inevitable su conexión definitiva con el Gran Premio de la Hermandad.
Su debut oficial en las pistas ocurrió en la trágica edición de 1984, cuando compitió como navegante de «Chamaco» Susñar en la truncada competencia donde fallecieron Paco Puget y Elvis Garay. Lejos de amedrentarse, al año siguiente preparó su propio Fiat 128 el mismo vehículo con el que se movilizaba junto a su familia—, le instaló una jaula de seguridad y se lanzó como piloto con apenas 24 años.
Tres décadas al volante y maestría en el taller
A lo largo de más de 25 años de trayectoria en el volante, su historial abarca pasos por diversas categorías a bordo de vehículos emblemáticos como el Fiat 128, Regata, Lada Samara, Suzuki, Volkswagen Golf G1 y finalmente el VW Senda, auto con el que consiguió su última victoria en la Categoría C durante la edición de 2009.
Más allá de sus tres triunfos en la Hermandad logrados junto a su histórico navegante Luisito Arralde su figura cobró un valor destacado por su destreza en la mecánica:
Sello de preparador: En un espacio de apenas 5 por 10 metros detrás de su casa, preparaba motores de manera artesanal, basándose en la prolijidad y la autodidacta lectura de literatura técnica.
Hito histórico: Logró un memorable «1-2-3» en la Categoría C de la Hermandad, con tres autos distintos completamente armados y puestos a punto por sus propias manos.
«Yo no fui a una universidad de mecánica. Aprendí a golpes, equivocándome, leyendo y consultándole a los viejos referentes como Don Lampa o Manolo Arias. Siempre busqué ser prolijo y respetar el reglamento, porque ganar mintiéndose a uno mismo no tiene ningún sentido», reflexiona el histórico corredor.
El verdadero valor de «La Hermandad»
Tras un severo accidente en 2010 y complicaciones de salud que lo alejaron de las pistas de manera competitiva, el piloto se volcó de lleno a la preparación de máquinas para otros competidores, manteniendo viva la llama de la pasión motor.
Al hacer un balance de su paso por el automovilismo fueguino, prioriza los recuerdos y la amistad por sobre los trofeos:
«Muchas veces no me acuerdo de las fechas ni a quién le gané. Lo más valioso que me dio el automovilismo fue la gente, los amigos que coseché en el camino. Sentarse en la butaca, ajustarse los cinturones y agarrar el volante con pasión es una sensación inexplicable que solo entendemos los que amamos esto», concluyó.
De cara a las futuras ediciones del Gran Premio de la Hermandad, su deseo permanece intacto: que la tradicional prueba binacional continúe viva, uniendo a los pueblos de la Patagonia sin importar el paso del tiempo o las dificultades económicas.

